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Itatí, capital de la fe

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p ziniPor P. Julián Zini

 

Cuando me pidieron que escriba algo para estos cuatrocientos años de fe mariana, pensé enseguida en lo que fue Itatí hace cuatro siglos: una misión, un pueblo de las Reducciones, primero de los padres Franciscanos, luego de los padres Jesuitas. Inmediatamente uní mi infancia y esta mi ancianidad, con aquel pasado.
Me puse a revisar lo que me queda de entonces y encontré, vigentes aún, en el dormitorio de mis padres, en el rancho grande de mi infancia, como en mi casita actual, el “altarcito de los Santos”. Y allí, la imagen de la Virgen de Itatí, unida en mi memoria al rezo del “Bendito”: aquel “Bendito y alabado sea el Santísimo Sacramento del altar y la Virgen concebida en gracia, sin mancha de pecado original, desde el primer instante de su ser natural. Amén. María y José”.
Como una película de mis diez años, apareció en el recuerdo mi primera ida al Santuario en el año 1950, justo cuando estrenaba su Nueva Casa, la actual basílica. Momento inolvidable: ¡tanta hermosura y tanto fervor! ¡No puedo dejar de acordarme lo que fue, treinta años después, llegar a sus pies, con la Juventud Peregrina del NEA! Quién me quita la emoción que se siente de estrenarle una nueva canción, allí, a sus pies, cerquita, casi tocándola…

“Cómo no voy a venir- desde el Atajo y de a pie,
si un milagro pronto fue - el favor que recibí:
mediante Vos conseguí - salvar de la enfermedad,
por eso, vengo a tu altar, - Virgencita de Itatí.
Peregrino de la Esperanza, peregrino de amor,
con el alma y los pies sangrantes, a tu Casa voy;
dejame besar tu manto, Virgen de Itatí.
Promesero soy y vengo a cumplir
lo que en mi oración yo te prometí:
mil gracias te doy, Virgen de Itatí!”

Dios te saluda, María

Es hermoso recordar aquella mañana, en el paraje Uguay, cerquita del Yverá, cuando después de saludar a don Claro Alegre, el cuidador y vecino más cercano, entramos a visitar la capilla de la Virgen de Itatí. Estaban rezando el santo Rosario que dirigía Doña Damiana. Nos quedamos impresionados por la unción con que se hacía todo y el modo antiguo del rezo. Entre cada misterio del Rosario se proclamaba la antigua y hermosa “doxología mariana” con que la Iglesia nos enseña sencillamente quién es María Santísima. Tanto nos llamó la atención, que en los días siguientes, con la hermana Camino y algunas señoras del Barrio San Pedro, logramos que doña Damiana viniera a Mercedes y, en la sacristía de la parroquia, frente a un altar especialmente preparado para el caso, rezamos con ella para reaprender el rezo del Rosario a su modo. Inmediatamente después me sentí obligado a guardar ese momento en una canción que titulamos “Dios te saluda, María”, traduciendo a nuestro castellano el antiguo “Dios te salve”:

“Dios te salve, María, - Hija de Dios, Padre;
Dios te salve, María, - Madre de Dios-Hijo;
Dios te salve, María, - Esposa del Espíritu Santo;
Dios te salve, María, - templo y sagrario de la Santísima Trinidad;
Dios te salve, María, - concebida en gracia sin mancha de pecado original.”

Entrega confiada

Una tarde, en el camarín de la Virgen, cuando ya terminábamos la peregrinación diocesana, me llamó la atención ver a una abuela, feligresa mía, que sentada en el último banco seguía hablándole a nuestra Madre. Me acerqué y le pregunté qué le pasaba. Me respondió lagrimeando: “Es que Ella es tan buena… tan buena y hermosa…. Siempre está allí… Parece que me está esperando. Siempre me recibe igual y es toda para mí… me atiende, me consuela, me anima, me envía a mi comunidad… Cómo me cuesta irme… qué ganas de quedarme…pero me tengo que ir… con su bendición, me voy…”.
Por eso, cuando tuve que hacer un verso para una canción a la Virgen de Itatí –por pedido de mi obispo Luis– para que cante nuestra diócesis en la Celebración del Jubileo del año 2000, recurrí a ésta y a otras abuelas de mi vecindario. Y ellas, como siempre, me recordaron y me dictaron lo que tenía que decir…

“- Dios te salve, María, - divina Tupasy, - la Virgen morenita, - María de Itatí.
Madrecita querida, - venimos por amor, - a entregarte la vida - y a darte el corazón.
- Quisiéramos mirarte - como te mira Dios; - quisiéramos hablarte - como Jesús te habló;
queremos entregarnos - y estar nomás con Vos; - que nos cubra tu manto - de gracia y de perdón.”

A los pies de la Virgen

Me impresionó mucho la recomendación que nos hizo nuestro obispo, el padre Alberto Devoto, en el comienzo del Retiro Anual del Presbiterio, que en ese entonces se hacía junto al Santuario de Itatí. Nos hablaba de aprovechar esos días de oración y nos dijo: “Sería bueno aprender de nuestra gente. Vayan al camarín y siéntense al fondo, en silencio, y observen qué hace nuestro pueblo a los pies de la Virgen. Esa gente sencilla viene a rezar. Y reza. Con humildad, podemos aprender...”.

- Como los indios en otros tiempos,
- necesitamos saber que estás,
curando el alma de nuestro pueblo
- que se desangra en su identidad.
En tu silencio y entre tus manos
- cabe la pena del poriahú,
vivimos todos crucificados,
- quedate cerca de nuestra cruz”.

Me sigo preguntando: ¿qué es y qué significa para la gente sencilla del pueblo de mi región tener en casa un “altarcito”? ¿Qué es y qué representa la imagen? ¿Qué es y qué resulta ser el Santuario? ¿Qué es y para qué se hace la peregrinación? ¿Qué es y qué implica hacer y pagar una promesa? ¿Qué significa “encomendarse a la Virgen”? ¿Quién es para nosotros “la Virgen María”, “la Itatí”, “la Morenita”, “la Pura y Limpia”, “la Purísima”, “la María Santísima”? ¿Sigue siendo “la Madre del Señor Jesús”, la que nos dio el “Fruto bendito de su vientre”, “la llena de gracia”, “la llena de Dios”, la llena del Espíritu Santo”, “la bendita entre todas las mujeres”, “la Madre de Dios”, “la Tiernísima Madre de Dios y de los Hombres”, “Che Tupá-Sy”, “Ñande-Sy”, “Nuestra Mamá”?

Recordar y agradecer

¡Cómo no repetir una y mil veces: “Dios te salve, Reina y Madre de Misericordia, Vida, Dulzura y Esperanza nuestra… que por más de cuatro siglos miraste con ojos de misericordia a todos los que te han implorado…
Vos sos “Tiernísima Madre de Dios y de los hombres”, la «gran Misionera que trajo el Evangelio a nuestra América,» anunciando que “Dios es todopoderoso y su misericordia se extiende de generación en generación”…
Vos sos la “Santa Madre de Dios que, no sólo visitó a estos pueblos sino que quiso quedarse con ellos, confiriéndoles alma y ternura”.
Vos sos, en tu santuario, junto al río, esa «Gran Señal aparecida en el cielo… una Mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies”.
“Carita de nogal, manitos de timbó,
Che Sy de los avá del viejo Yaguarón.
Vos sos Tierra sin Mal y estás llena de Dios,
mirá nuestra orfandad, curá nuestro dolor.
¡Mostranos a Jesús, danos tu bendición!”
Finalmente, por todo lo vivido y recordado, que es raíz de nuestra esperanza, recemos con el Papa Francisco:
“Estrella de la nueva evangelización,
- ayúdanos a resplandecer
en el testimonio de la comunión,
- del servicio, de la fe ardiente y generosa,
de la justicia y el amor a los pobres,
- para que la alegría del Evangelio
llegue hasta los confines de la tierra
- y ninguna periferia se prive de su luz.
Madre del Evangelio viviente, manantial de alegría para los pequeños,
ruega por nosotros.”