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Vale la pena peregrinar

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Stanovnik

Por Mons. Andrés Stanovnik, Arzobispo de Corrientes

 

El número especial de la revista “El Mensajero”, que me es muy grato presentar a todos los peregrinos y devotos, está dedicado a conmemorar los cuatrocientos años de la fundación del pueblo de Itatí. Sin embargo, la existencia de esa población se remonta aún más allá del acto fundacional y está indisolublemente unida a la presencia de la Pura y Limpia Concepción de Nuestra Señora. En torno a ella y a la cruz de Tabacué, se fue conformando un pueblo nuevo al que luego –con la gestión del franciscano Fray Luis de Bolaños, en el año 1615– el gobierno de Corrientes reconoce oficialmente como “Pueblo de Indios de la Pura y Limpia Concepción de Nuestra Señora de Itatí”.
Esta mención a los orígenes de nuestro pueblo, nos sirve para recordar las profundas raíces católicas que le dieron vida y que luego, con el correr de los siglos, fueron conformando su identidad cultural y religiosa. En este contexto, quisiera compartir con los lectores unos pensamientos sobre la importancia que tiene la práctica espiritual de “celebrar” y “peregrinar”, dos notas que distinguieron y nutrieron el alma del pueblo itateño y que –aún hoy– caracterizan a los devotos y peregrinos que se acercan al Santuario.

Un pueblo que camina

La palabra celebrar es tan antigua como el hombre y su significado está muy unido a peregrinar. Los seres humanos, en todas las culturas, se dirigían hacia un determinado lugar para cumplir allí los pasos rituales, acompañados de danza, música y canto. Demos un salto histórico y veamos que también hoy peregrinamos hacia un lugar convenido y celebramos los momentos más significativos de nuestra historia singular y colectiva, realizando los ritos correspondientes a los hechos que conmemoramos.
Los pasos del peregrino cristiano están cargados de memoria salvadora. El peregrino guarda en su memoria el amor de Dios, que a su vez suplica en la hermosa oración a la Tiernísima Madre de Dios y de los hombres: “Concédeme un gran amor a tu Divino Hijo Jesús”. Esa memoria se fue gestando de un modo misterioso y escondido en los corazones de los primeros pobladores de las costas de Itatí, cuando empezaron a escuchar y a asimilar el mensaje cristiano hace más de cuatro siglos.
Aquellos pobladores sintieron muy pronto la necesidad de celebrar esa memoria. El acontecimiento de los orígenes fue tan intenso y trascendente para ellos, que se convirtió en una fuente inagotable de renovación espiritual, que aún hoy convoca a miles y miles de peregrinos y devotos. La presencia de la Virgen Madre de Itatí fue la fuerza convocante que ha ido removiendo recelos y prejuicios en la mente y el corazón de guaraníes y españoles, con las dificultades y sufrimientos propios de dos pueblos que se encontraron ante el desafío de confrontar sus diferencias sociales, culturales y religiosas y, sin embargo, escogieron el camino de compartirlas y convertirlas así en un espléndido tesoro de humanidad.
Hoy, más allá de algunas lecturas parciales que se hacen de los pueblos originarios, en Itatí y en Corrientes asistimos al fenómeno de la gestación de un pueblo nuevo, cuyos hijos e hijas ostentan esos hermosos rasgos que armonizan en sus rostros la identidad hispánico-guaraní. Este pueblo fiel y sencillo continúa expresando a través del gesto de la peregrinación, que todavía es posible celebrar la memoria y continuar caminando en esperanza, seguir engendrando y bautizando a sus hijos y no desfallecer en el esfuerzo cotidiano por hacer la historia más justa, más buena y más alegre.
Esos hombres y mujeres peregrinos de la Virgen, por lo general de una cultura simple y una piedad cristiana que no se escinde de su vivir cotidiano, vuelven a sus orígenes y renuevan el compromiso de vivir como buenos hijos de Dios. Esto nos enseña que la conmemoración secular que nos convoca, no debe configurarse como una mirada meramente ilustrada hacia el pasado, sino como la oportunidad de una profunda renovación cristiana del pueblo de la Virgen.
El peregrino de la Virgen no es un nostálgico, sino un creyente agradecido y confiado, que está siempre dispuesto a empezar de nuevo, a pesar de sus debilidades, porque sabe que Dios es fiel y que su Mamá María cuidará de él y de su familia. Esta memoria salvadora que acompaña al peregrino lo llena de esperanza y alegría, por eso cultiva la fiesta y celebra el encuentro.
Que este pueblo secular y privilegiado por haber sido elegido por la Virgen para ser su custodio y misionero, experimente la ternura de su Madre y Ella le conceda un gran amor a su Divino Hijo Jesús, a fin de que pueda cumplir con verdadera unción la misión de acoger y servir a todos los devotos y peregrinos que se acercan al Santuario.